EVEREST
Sujetó la botella de vino con fuerza. Estaba decidido a descorcharla y no detenerse hasta terminarla.
Una inesperada tormenta había refrescado el ambiente hasta hacer olvidar el insoportable calor que había destrozado aquel dia de mediados de junio.
Era la botella de vino más cara que había comprado en su vida.
189 euros.
Una reserva especial de la que se habían embotellado muy pocas unidades.
La suya era la 3421 de una serie de 4000.
El día que le pidió la mano a Alejandra compró una botella de vino.
Aquella noche Mario se bebió casi toda la botella, a Alejandra no le gustaba el alcohol. Alejandra prefería suspender sus pensamientos en el humo negro de los cigarros que fumaba sin tregua.
Mario adoraba alcanzar el punto absurdo donde el hombre se convierte en niño, deslenguado, malcriado, atrevido y descarado.
Era una botella del Somontano. Merlot- Merlot, sutil e intenso, las primeras copas, áspero y catárquico, las últimas.
Aquella heladora tarde de mediados de noviembre no llovió.
Un breve hilillo de escarcha fué todo lo que Mario logró deslizar por su helada garganta aquella noche de noviembre. Como diminutos copos de nieve las palabras avanzaron por su lengua antes de precipitarse al abismo de los oidos de Alejandra en forma de ceniza blanca.
Cuando Alejandra aplastó sus ojos contra los suyos y abrumada dejó escapar un "Claro tonto" Mario apuró la copa hasta la última lágrima mientras agitaba las piernas.
Acabó balanceando la copa de vino con tanta fuerza que en un giro descontrolado inundó la alfombra de vino.
Alejandra nunca logró limpiarla.
A Mario le gustaba aquella enorme mancha violeta en mitad de la alfombra del salón, le recorda a Gorbachov.
Si la tormenta no hubiera refrescado el ambiente, aquella tarde de mediados de junio, la cerveza hubiera sido la compañera de Mario aquella noche.
Al abrir la botella de vino pensó en cuantas cervezas se hubiera podido comprar con 189 euros. Las cerveza belgas, sus favoritas, no costaban más de 2 euros en el Sabeco que había debajo de su casa.
Apagó la televisión.
Se sirvió otra copa de vino.
Encendió el aparato de música.
Lo hacía casi todas las noches.
Mario odiaba aquella basura que convertía a todos los analfabetos del pais en expertos contertulios de infames conversaciones repletas tópicos.
Le encantaba soportar el papel de snob cuando ponía cara de tonto al jurar que no conocía a Fulano o Zutano el ganador de tal o cual concurso o al médico guapo de no se que serie.
Dylan le pareció una buena elección para disfrutar de los últimos sorbos antes de subir a la cama.
Antes de apagar las luces del salón deslizó su mirada hacía la mesa de cristal que dividía el salón en dos.
Era positivo.
Los doce escalones que había hasta su habitación le parecieron el Everest, el vientre de Alejandra le pareció el paraiso.
Texto de Luis Arilla, escrito en una tarde de jueves desde la soledad de la rebotica, y el dibujillo es un Mandrake
Texto de Luis Arilla, escrito en una tarde de jueves desde la soledad de la rebotica, y el dibujillo es un Mandrake
